Hace ya más de una década que el término “colesterol” comenzó a acaparar titulares. Desde entonces su impopularidad ha ido en aumento, probablemente debido a un desconocimiento generalizado de su significado.
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Colesterol es el nombre de un lípido, es decir, de una grasa, que, afortunadamente, todos tenemos. Interviene en procesos metabólicos, hormonales, digestivos y nerviosos. Sin ella, nuestro organismo sería incapaz de sintetizar la bilis que segrega el hígado, cuyo papel en la digestión es fundamental. El colesterol se encarga, además, de generar las hormonas sexuales. Pero quizá lo más destacable de esta grasa es su presencia en las paredes de las células cerebrales, en el sistema nervioso y en la sangre. Se produce en el hígado, desde donde unas proteínas (lipoproteínas) se encargan de trasladarlo a las células, que emplean sólo la cantidad necesaria. El resto permanece en la sangre hasta que otras proteínas lo devuelven al hígado.
El problema llega cuando en el cuerpo hay un exceso de colesterol porque es entonces cuando se deposita en las paredes de las arterias, dificultando la circulación de la sangre.




